ÉXODOS VASCOS

Ignacio Amestoy durante su intervención el Día Mundial de la Diáspora Vasca 2019

Ignacio Amestoy
Dramaturgo. Amigo de la RSBAP – Delegación en Corte

Discurso pronunciado el 8 de septiembre de 2019 en Madrid con motivo del Día Mundial de la Diápora Vasca

Dentro de unos días, el 27 de septiembre del corriente año 2019, hará cinco siglos de que una expedición castellana saliera de España en busca de una nueva ruta, entre los océanos Atlántico y Pacífico, hacia las Islas de las Especias… ¡Una locura, como la de ir a la luna, de cuya realización se acaba de cumplir medio siglo!

Entonces, tuvieron que pasar casi tres años, para que en 1522, tal día como hoy, el 8 de septiembre, la quimérica flota, después de una atribulada odisea, llegara a Sevilla, al mando de un vasco de la villa guipuzcoana de Guetaria, Juan Sebastián Elcano.

De Andalucía, habían salido cinco naves, con 239 escogidos marinos, entre los cuales había 22 vizcaínos, 9 guipuzcoanos y 3 navarros. Volvió una sola nave, la Victoria, con sólo 18 hombres, entre los que se contaron cuatro vascos: el propio Elcano, que partió como maestre en unade las embarcaciones, la Concepción; Juan de Acurio, de Bermeo, como contramaestre de la misma, y Juan de Arrati, de Bilbao, y Juan de Zubileta, de Baracaldo, como grumete y page, respectivamente, de la nao Victoria; siendo estos dos muchachos los únicos marinerosde la expedición que circunnavegaron el globo en el mismo barco.

El culminar la empresa supuso un esfuerzo espartano para la autoridad del capitán Elcano y la obediencia de sus hombres. Cinco meses antes, a la altura de Mozambique, en aguas del entonces enemigo portugués, estando sin víveres y con la nave sobreviviente muy maltrecha, Elcano, “esclavo más del honor que de la propia vida”, convenció a sus hombres para seguir hasta España, sin escalas en el continente africano, “cualesquiera que fuesen los peligros que tuvieran que correr”.

Así, de forma heroica, Juan Sebastián Elcano concluyó la aventura, que inició Magallanes, siendo el primero en dar la vuelta al mundo, abriendo una nueva ruta para llegar a las Islas de las Especias. El emperador Carlos V recibió a Elcano en Valladolid y le concedió “uso de escudo de armas, con atributo de las especias y encima yelmo cerrado, y por cimera un globo terráqueo con la inscripción ”Primuscircumdedisti me”, un escudo que no le dio tiempo a plantar en la casa paterna de Guetaria pues murió en la mar, en otra singladura, cuatro años después. Hay que decir que, en medio del gigantesco avatar, la carga de especias que Elcano, caballero cumplidor, trajo en la maltrecha nao a España, cubrió con creces los gastos de toda la expedición.

Una fecha para recordar

El Gobierno de Euskadi ha querido que esta fecha, 8 de septiembre,de la meritoria vuelta del vasco Elcano a nuestra península, culminando fielmente la misión a la que se había comprometido, fuera el Día Internacional de la Diáspora Vasca. Elcano, sin duda, es el espejo en el que se han podido mirar los miles y miles de vascos que a lo largo de la historia han tenido que salir de su tierra; unos, para volver algún día, con un deseo comúnmente compartido, y otros para no volver nunca, permaneciendo en un ostracismo muchas veces indeseado.

Elcano es un espejo en el que ver un ejemplo de entereza, rigor y solidaridad, y en ello un modelo de amor a su estirpe. Juan Sebastián salió para una misión difícil, sin duda obligado a ella por circunstancias de la vida, pero una misión a lo largo de la cual siempre tuvo como objetivo el volver a su tierra en paz con su pasado. Como toda la diáspora vasca.

Ayer y hoy

La diáspora vasca tiene una larga historia. Comienza en la Edad Media. El dejar el dominio del caserío, la casa paterna, a quien la “etxekoandre” determinase entre sus hijos o parientes, en una costumbre hecha ley que llega a nuestros días, forzó a que los varones -a veces, también las mujeres- excluidos del mayorazgo, se buscasen la vida, primero en Castilla, luego en América y, más tarde, en el resto del mundo, como curas, religiosos, monjas, criadas y criados, ayas, marinos, militares, secretarios, funcionarios, políticos, pastores, pelotaris, artesanos, escultores. músicos, misioneros o misioneras.

La Reconquista llevó a no pocos a aposentarse en el resto de la península. El descubrimiento de América, a la conquista del nuevo continente, como Lope de Aguirre. Ya criollos, a la lucha por las independencias, como Simón Bolívar. Luego, la diáspora de los vascos de Francia y España en el siglo XIX, a Argentina. Y hacia 1900, a Estados Unidos. En la contemporaneidad, la cruel diáspora tras la Guerra Civil y la dictadura franquista, otra vez a América y al resto de Europa.Y, muy cercana, la inmisericorde diáspora por la violencia. Más aquellos huidos de la justicia del hombre…

Y, en este momento, otra diáspora, más regeneradora: desde los talentos de emprendedores y empresarios que llevan sus invenciones al mundo, y las comercializan, hasta los estudiantes que con sus Erasmus se hacen, y nos hacen, universales, en un presente y un futuro reconocibles.

En total, hay quien calcula que existen más de diez millones de oriundos y transterrados vascos en los cinco continentes. ¿Sólo?

Volver…

Hoy celebramos los vascos en todo el mundo el Día de nuestra Diáspora. Una diáspora en la que sus protagonistas sueñan, en mayor o menos medida, en volver a “la casa del padre”, una Euskadi que esté abierta a los cuatro puntos cardinales, como dejó escrito Gabriel Aresti, en A quien me quiera escuchar, en su Harri eta herri:

“Ifaragirre. Haizeagirre. Hegoiagirre. Mundukohaizeagirrean, agirian. Euskalherriamunduagirre da.”

En traducción al castellano del propio poeta bilbaíno:

“Viento del Norte. Viento del Sur. Al descubierto de todos los vientos del mundo. Vasconia está abierta a todos los vientos del mundo”.

Blas de Otero, hermano mayor de Aresti, que sufrió la diáspora externa y también el exilio interior, en Y yo me iré nos mostró la doble cara del marchar y el volver, con su angustia y su pesimismo:

“Dejaré el balcón abierto: / no sé si en Cuba, en Madrid, / en Moscú, en París. No sé / donde. Pero lo que sé / seguro, es que me voy, y / no volveré. (…) Insistí hasta lo inverosímil. / Eso me salvó. Rompí / la puerta, y me fui. Y volví”.

El profesor Patricio Urquizu ha hecho justicia destacando a JokinZaitegi como poeta, que se expresó así, ¿desde Guatemala?, en su poema A través del exilio. Un exilio exterior muy doloroso, aunque feliz para Euskadi y para la poesía:

“¡A mis pies la selva llena a rebosar de árboles! / Allí en lo alto, el firmamento estrellado… / Y tanto atrás como adelante todo lo que deseo… / ¡Y a pesar de todo ello no puedo con el exilio! / Por encima del océano en las alas del viento / vuela mi pensamiento. / Cierta vez estaba en mi hermosa Euskadi / y en ella el roble sagrado en pie. / Las flores por doquier a su sombra… / Al partir de allí la rama del roble, / me dijo mi tierna madre / dándome un beso, ‘Te quiero’. / ¡Tuve que abandonar mi patria! / Mis flores debajo del roble desde entonces, / ¿se acordarán acaso de mí?”

En la obra de teatro Doña Elvira, imagínate Euskadi, yo mismo quise, a través de Lope de Aguirre y su locura en América, frente a Felipe II, expresar algunos de nuestros exilios, no sin la huella de Aresti:

“Un día te vas de la casa del padre y nunca sabes cuándo vas a volver. Y comienza el éxodo en busca de Dorados, saliéndonos del mundo, convirtiendo a los dioses en reyes y a los reyes en dioses. Siervos en vez de hijos en la casa del padre, siervos también en los exilios: calígrafos, pendolistas, maestros, secretarios, curas… Papas negros en las tinieblas negras. Locos misioneros de espejos y abalorios. Prófugos siempre, hasta la vuelta a la tierra prometida. A la casa del padre. Para expulsar al ladrón de nuestro huerto”.

Y Gabriel Celaya, otro patriarca de la poesía social de Euskadi, y de España, soñó en El retorno con el regreso definitivo a su origen:

“Ya vuelvo, Euzkadi mía, / ya vuelvo, amor, a ti. (…) Te redescubro, Euzkadi. / ¡Ay, cuánto recorrí / mundos insospechados / para volver a ti!(…)Mi pasado es el tuyo. / Soy muy viejo: viví. / Euzkadi, vengo herido, / ayúdame a morir”.

Elcano y sus 17 compañeros llegan a Sevilla de su vuelta al mundo tal día como hoy, en 1522. Ese mismo año, 1522, seis meses antes, otro vasco, Ignacio de Loyola, sale de su Azpeitia para otra misión, una de las más grandes que la cristiandad ha conocido. Íñigo de Loyola, ensalzado por unos, criticado por no pocos, pero que, como Elcano, nos representa. Ya lo escribió, también, Gabriel Celaya en su A Ignacio de Loyola:

“Hermano vasco, ya sé, / de hacer algo, hacerlo bien. (…) Cosas de vasco, ya sé. / Cosas del hombre que ve / el mundo vuelto al revés, / mas no sueña, lo hace ser como debe, puesto en pie.”

Y Unamuno, el que faltaba -el precursor, aunque Blas (de Otero) lo niegue-, que indicando, que “hay hombres que representan una raza”, tras anotar entre los germanos a Goethe y Hegel, o en el “genio francés”, “metódico y positivo”, a Descartes, describe al “genio vasco, pueblo juvenil en una civilización adulta, que convierte las ideas en fuerza, el pensamiento en lucha”, y señala a “Sebastián Elcano e Íñigo de Loyola” como prototipos.

Los vascos, siempre en la diáspora.

 

 

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